El dilema de la migración africana

Hace unos años, quince inmigrantes procedentes de África fallecieron durante una confusa situación en el mar próximo a una de las ciudades autónomas españolas enclavadas en la costa de Marruecos. Eran parte de esos grupos humanos que emprendieron semanas, meses o años antes, la migración desde sus deprimidos países hacia la luminosa y desarrollada Europa. Las cada vez más frecuentes incursiones de estos inmigrantes se han convertido en un verdadero problema para España e Italia. Esta última probablemente lo tiene menos complicado porque su punto álgido se sitúa en el Mediterráneo, en la isla de Lampedusa. España, en cambio, con sus ciudades de Ceuta y Melilla, hace frontera terrestre con Marruecos, directamente en el continente africano.
La inmigración desde África es un drama humano que tiene como escenario a Italia y España en tanto países receptores. En España se conoce a las personas procedentes de las regiones situadas más allá del Sahara como subsaharianos, sustantivo genérico para encajonar a todo individuo que venga tanto de Malí como de Senegal, de Cabo Verde como de Gambia. Subsahariano termina siendo una palabra bastante peyorativa para unas poblaciones y territorios que ya sufren unas condiciones de subdesarrollo y depauperación bastante evidentes. No es lo mismo decir subdesarrollo que subsahariano. En el segundo caso, el prefijo denota una situación geográfica irreal. El que el norte esté «arriba» y el «sur» abajo es simplemente un convencionalismo cartográfico que es traducido a una calificación de inferioridad. Tiene su carga de discriminación adicional a la de la raza, grupo étnico o extracción social. En el universo o en el mundo nadie está «arriba» o «abajo».
Sin duda el problema de la inmigración es europeo, más que solo español o italiano. También es africano, evidentemente, dada la falta de condiciones socioeconómicas para que unos habitantes se conviertan en ciudadanos y tengan las oportunidades necesarias en sus países de origen, o puedan trasladarse a cualquier país en el que quieran desarrollar su vida de manera legal y con todas las garantías, porque así es su deseo. Pero en el caso puntual del ingreso a territorio europeo, el asunto comienza justo en España. Europa, como entidad política supranacional, tiene sus fronteras en África, en los límites de Ceuta y Melilla.
Estos individuos, estas personas agrupadas, emprenden un largo camino en condiciones extremas por la necesidad de huir de un ámbito escasamente propicio, por el deseo de mejorar su nivel económico, por escapar de la violencia social o política. Organizaciones ilegales se encargan de conducirlos o de «tramitar» el traslado por sumas de dinero variables, pero que son bastante onerosas para un bolsillo habitualmente famélico. Habrá también personas que intentan la aventura por su cuenta y riesgo, aunque seguramente terminarán subyugándose a los manejos de esas organizaciones. Es posible igualmente que los individuos que pasan a ser víctimas, pero que son actores del drama, no sean totalmente inocentes en todo este tinglado, como no lo han sido en ninguno de los eventos migratorios humanos a través de la historia.
Los organismos de defensa y protección de fronteras se enfrentan ahora a la problemática del manejo de los grupos humanos que intentan traspasar las fronteras de Europa. La respuesta al asalto continuo ha sido criticada y justificada por la opinión pública. Las muertes mencionadas al principio de este post, aunque están relacionadas, no pueden atribuirse con seguridad a la acción de los agentes de orden público encargados de repeler a los individuos que intentan entrar de manera ilegal a Europa. Al mismo tiempo, España recuerda y olvida paradójicamente que también es Europa, y las políticas que aplica son políticas europeas, al fin y al cabo.
La controversia lo único que ha hecho es revelar que las políticas fronterizas y de inmigración de Europa son incompletas e insuficientes. No parecen estar adaptadas a los desafíos que representan tanto los flujos migratorios desde su origen como los estímulos de atracción de dichos flujos.
Merece mención que, desde la periferia de la Unión Europea como desde Latinoamérica, Europa es un destino preferido para los contingentes humanos en busca de soporte laboral y por ende económico. Asimismo, para Europa se volvió necesaria una inmigración conveniente desde el punto de vista económico y demográfico, dada la alta demanda de fuerza de trabajo poco cualificada y la inversión de la pirámide poblacional.
¿Qué debe hacer Europa, y no solo España, para manejar este asunto? Ese es el real desafío de una entidad política socialmente avanzada que pretende superar las diferencias nacionales, promover la eliminación de fronteras y la convivencia supranacional.
A pesar de lo que se piensa, existen políticas europeas para promover la mejora social y económica en los países de origen. Sin embargo, la inyección de capital, el financiamiento público y el soporte financiero no han sido suficientes ni adecuadamente conducidos. El flujo de recursos sociales, educacionales y económicos se ha perdido en la maraña y en las goteras de la corrupción extendida y enraizada profundamente en la clase dirigente de esos países. Esos asuntos, por lo visto, no se resuelven con «electrochoques» monetarios. Quizás limpien conciencias, pero no mejoran el nivel de vida.