Supuestos expertos y sesgos

Las noticias provenientes de Gaza son preocupantes, es cierto. Sin embargo, no estoy seguro de la solidez de esa información. Quisiera disponer de información que no provenga de fuentes interesadas.

Por definición, deberíamos disponer de fuentes objetivas. Es un dilema de largo aliento, que uno de las asignaturas más complejas para los medios de comunicación, es la imparcialidad, la objetividad. Tenemos razones para creer en el profesionalismo de los periodistas, pero también las hay para dudar de las motivaciones de ciertos medios.

No me sirve ni la información producida por Israel, pero mucho menos la que emite Hamás, sus organismos oficiales y paralelos, que son mucho menos confiables. Tampoco acepto de entrada el relato simple, maniqueo e inocente del enfrentamiento de buenos y malos o de opresores y subyugados.

En el caso de Rusia – Ucrania, me pasa lo mismo. Hay varias explicaciones y versiones para las causas y consecuencias a corto y mediano plazo de este conflicto. Para empezar, tenemos el tema de que Rusia no reconoce que inició y mantiene una guerra, mientras ataca, bombardea e invade un país vecino. En este caso todos vemos que ha habido una invasión y que una nación se defiende.

Echo de menos, entonces, al menos a estas alturas y sin desmedro de otras aristas de ambos conflictos de las que también puedo opinar, a los corresponsales de guerra a la antigua, clásicos, que reportaban desde el propio teatro, muchos de ellos con gran riesgo.

Corresponsales que buscaban la verdad e intentaban transmitirla a través de sus medios. Mucho de lo que leemos, vemos u oímos ahora, acerca de estos y otros eventos, conflictos o catástrofes, llega filtrado, por vías indirectas, con origen en agencias de prensa u órganos de propaganda gubernamentales o de las partes involucradas, o de simpatizantes de uno u otro bando, con su carga de intereses no siempre sanos.

Así, tengo menos, llamémoslo, aprecio y confianza, en periodistas, comunicadores, informadores, que reportan desde un centro de prensa o desde el cobijo del ala protectora y vigilante de una de las partes. Añadamos a eso el sesgo ideológico, las tendencias políticas o la simpatía que sienten po ciertos regímenes y algunos líderes, idealizados por estos individuos o sus medios.

Luego, analistas con poco conocimiento que hoy pueden ser “expertos” en oriente medio, mañana en aranceles y pasado en inteligencia artificial, lo que permite inferir su conocimiento superficial o nulo sobre cada materia, pontifican en estudios de televisión y radio, acerca de «su» verdad, pretendiendo influir en la opinión y en que el público asuma esa «verdad».

Analistas ignorantes que, o se muerden la lengua para no contradecir su cuerpo doctrinal ideológico, o simplemente desconocen la complejidad de los polvos que provocaron los actuales lodos.

Nos aseguran con firmeza que la suya es la verdad inamovible. Que la suya es la explicación a lo que está pasando en Venezuela, en Ucrania o en Gaza. Encima, con el sesgo propio de su pensamiento político o de su servidumbre a un patrón no siempre evidente, no siempre cristalino y, peor, no siempre recto.

Ningún analista, personalidad, político o autoridad es capaz de vislumbrar, no ya proponer una solución viable. Una explicación original, diferente, plausible, a la situación que les ocupe. Mas o menos lo que uno espera de alguien que se cree y considera experto. Ninguno, salvo excepciones, es capaz de demandarle a Putin, por ejemplo, lo que tocaría por lógica. Todos quieren que la guerra en Ucrania termine, o que deje de morir gente en Gaza. Ninguno, excepto los muy anti-establishment, con muy poco peso y resonancia, es capaz de exigir, a contracorriente de la opinión y tendencia prevalente, que Putin deje de matar o retire sus tropas, lo que terminaría con la guerra de inmediato, o que Hamás entregue los rehenes, incluyendo los muertos, e incluso se entreguen ellos mismos, lo que le quitaría a Israel cualquier pretexto para mantener la ofensiva.

Ni mención hago de las excusas basadas en la supuesta represión de los pro-rusos residentes en la cuenca del Donets, en el caso de Ucrania, o del probable uso de la población como escudo humano, en el caso de Hamás. Que Rusia se retire o que Hamás entregue son exigencias, aparentemente ingenuas, que nadie, excepto alguno, hace. Que no las hagan los periodistas y analístas cuyo sesgo ideológico conocemos es esperable. Lo que no es aceptable es que profesionales con cultura, formación e inteligencia, se permitan ser arrastrados por ese sesgo.

No sé si es capaz, ninguno de ellos, porque eso le pondría fuera del juego en el que se regocijan y autocomplacen todos, de exigir, por ejemplo, a Hamás, lo que sería de sentido común.

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